El vino en estas tierras tiene dos pilares que lo hicieron posible y necesario. Las laderas de la Cuesta Manvirgo, la meseta más alta de la Ribera del Duero, que permitieron unos vinos frutosos sobre tierras bien soleadas. Y El otro pilar fue la necesidad creada por la ubicación de un monasterio benedictino, allá en el año 947. Los monjes siempre necesitaron y supieron de vinos. Situados en el corazón de la Ribera del Duero, elaboran vinos marcados con el excepcional carácter del clima, la tierra y sus gentes. Los viñedos se encuentran ubicados sobre las mejores parcelas de terreno, donde junto a un continuo y esmerado cuidado, la uva alcanza una excelente maduración que determinará la calidad de sus vinos.

 

Su ubicación en un entorno tradicional cuyo paisaje del verano entremezcla el verdor de los viñedos y las torres de los pueblos castellanos. Es un enclave único dentro de la Ribera del Duero, donde la climatología extrema de su tierra hacen madurar los frutos en perfecto equilibrio. Se trata de terrenos sueltos, con gran contenido en caliza, y compuestos por capas arcillosas. Partiendo de un clima adecuado, el factor clave es el suelo, que ofrece una composición y condiciones difíciles de igualar en la Ribera del Duero, y que caracterizan el cultivo de la vid y marcan el paisaje, la personalidad de sus gentes y el carácter de sus vinos.

 

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